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La censura, como concepto, según la RAE vendría a ser “La intervención que practica el censor en el contenido o en la forma de una obra, atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas”. De este modo queda patente que su propia naturaleza es la subjetividad, pues no deja de ser un individuo, con sus propias normas internas, el que ejerce dicho poder.

En un sentido más amplio, vendría a ser lo considerado como material de comunicación que puede ser ofensivo, dañino, inconveniente para alguien. Pero la pregunta es: ¿Para quién?

A lo largo de nuestra historia, hemos sido testigos de innumerables censuras en todos los campos, desde la política, la moral, las artes, lo religioso, la informativa… Y todo por el designio de un pseudo-demiurgo mundano que, en un momento concreto, lo estableció así. Por suerte su poder es temporal, pues puede variar, cambiar, mutar e incluso desaparecer.

Poniendo como ejemplo nuestro caso, el término bukkake con el que nacimos, nos ha traído tanto alegrías como penas, pues al contrario de lo que se podría pensar de una sociedad tan moderna y liberal, ciertos términos aún siguen en las casposas categorías de lo censurable. Sabemos bien su origen y significado, pero como todo en su proceso evolucionista las palabras evolucionan, y su significado con él, normalizándose y reconvirtiéndose en algo convencional. La palabra comunista en la España de los años 40, por ejemplo, era prácticamente equivalente a una bala en la cabeza. Pero… ¿Y hoy en día?

El doble rasero hipócrita moral con el que se rigen las cosas en la actualidad, debería reflexionarse más y mejor, pues hace caer en un sin sentido a esta sociedad contemporánea que se cree tan guay.

Como conclusión, solo nos queda quizás asumir y aceptar la vieja premisa de Darwin: Adaptarse o morir.

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