Artistas del 8 de marzo

“¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el Metropolitan Museum?” Guerrilla Girls.

Las 9 musas, inspiradoras de las artes, siempre hermosas y sonrientes pero, ¿son las mujeres algo más que belleza a la que admirar?

El arte es un reflejo de la sociedad y su cultura, por ello se transforma en la pequeña mirilla que nos permite hacer viajes en el tiempo. A pesar de ello, hay un tema más que relevante en todas las etapas, la mujer. Desnudas, vestidas, flacas, voluptuosas, en forma de cubo; bailarinas, prostitutas y señoritas de alta cuna. Todas ellas, al servicio del artista, ya sea solo como modelos o incluso como amantes. Lo cierto es que podemos contar con pocas referencias sobre mujeres creadoras, y no por falta de ganas, más bien por falta de derechos.

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La Gioconda de Leonardo Da Vinci. Técnica óleo sobre tabla de álamo.

Pero remontémonos al mejor de los pasados. Para los creyentes, y si no los amantes de la mitología, hay que destacar el papel de Lilit, primera mujer antes que Eva. Pues bien, está fue creada a imagen y semejanza de Yavhe, al igual que Adán (sin tener que nacer de ninguna parte). Al considerarse iguales, Lilit se niega a obedecer sexualmente a su compañero, abandonándolo para irse al Mar Rojo a convivir con su nuevo amante demonio.

Dicho esto, y para los amantes de la razón, antropológicamente se ha descubierto que la mujer de la prehistoria trabajaba artesanalmente la cerámica, lo textil, la joyería; y a su vez, en esta etapa se adoraba a una diosa de la fertilidad, la cual se referenció hace 20.000 años.

En época grecorromana, hombres y mujeres trabajaban la pintura, poesía y música, ya que al sexo no se le daba tanta importancia, pero desgraciadamente sí al estatus social.

No hubo una valoración del artista hasta el S.XV y, por lo tanto, es muy complicado encontrar una firma de autoría. No obstante, se ha considerado que la primera obra de arte firmada por una mujer fue en la Edad Media, siendo el manuscrito iluminado de un ejemplar del Comentario del Apocalipsis de Beato de Liébana que se conserva en la Catedral de Gerona. La autora firma como Ende, pintora y sierva de dios, junto al otro autor, el monje Emeterio.

En el Renacimiento y Barroco los artistas empezarían a reclamar que la pintura, escultura y la arquitectura debían ser reconocidas como artes liberales y no como artesanía. No era un trabajo mecánico, sino intelectual y espiritual. Los artistas debían estudiar física, geometría y anatomía entre muchos otros temas. A ello debe sumarse la observación de los desnudos naturales para poder realizar las obras. Todos estos estudios estaban vetados para la mujer, la cual solo podía acceder a ellos siendo mujer o hija de un artista, el cual le podía enseñar en el taller familiar  y no de manera oficial. Ejemplo de esto serían Lavinia Fontana, Artemisia Gentileschi, Luisa Roldán, las cuales firmaban sus propias obras y se comenta que incluso realizaron algunas apropiadas por sus mentores.

Para más complicaciones, tanto en el Renacimiento como en el Barroco el arte no recibía honorarios, ya que no era considerado un oficio propiamente dicho. Por ello, no sólo tenías que tener talento y ser hombre, sino tener quien te protegiera. Pocas fueron las mujeres en conseguirlo, pero podemos destacar a Sofonisba Anguissola.

Gracias a la llegada de la ilustración, la educación está más al alcance de ambos sexos. Aunque se dividían las clases en masculinas y femeninas, ambas debían tener una educación en humanidades, dibujo y música siendo requisitos fundamentales para las clases acomodadas.

Aun habiendo una gran evolución en lo que respecta a la consideración del artista en el ámbito social, la mujer seguiría sufriendo desigualdad. Con la creación de la Academia, nacería el acceso restringido a mujeres. Incluso cuando su talento era indiscutible, podrían formas parte de esta, siempre y cuando no asistieran a clases de desnudos naturales, las cuales eran imprescindibles para crear obras sobra la temática de moda, la mitología y la historia. Por lo tanto, creadoras como Angelica Kauffmann, Elisabeth Louis Vigée-Lebrun, formarían parte de este selecto centro, eso sí, siempre y cuando hicieran lo que ellos mandaran.

En el S.XIX surgirían como opción a la Academia las sociedades de artistas y con ello asociaciones de mujeres artistas. Es así como cogen las propias riendas de sus creaciones, luchando por sus derechos, organizando exposiciones y consiguiendo un hueco en el mundo de los hombres. Tal es así que el maestro Jacques Louis David tuvo como pupila a Adélaïde Labille-Guiard.

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Self-Portrait with Thorn Necklace and Hummingbird, de Frida Kalho. Técnica pintura al aceite.

Con la llegada de las vanguardias y la bohemia, los talleres quedan abiertos para las mujeres. Destacan las pintoras impresionistas Berthe Morisot o Mary Cassatt, pupilas de Manet y Degas (a pesar de la conocida misoginia de este último).

El S.XX nos deja un sabor agridulce. Si bien es verdad que el surrealismo es uno de los movimientos más revolucionarios, no deja de ser un arte por y para hombres, en el que el papel de la mujer se reduce a musa extremadamente sexualizada. Son concebidas como objetos e incluso como seres demoniacos. Aun así, este estilo nos da a un gran icono, Frida Kahlo. Se convierte en una de las primeras mujeres más reconocidas que su  marido, el cual también era artista, Diego Rivera.

A partir de los años 60 se consolida el movimiento feminista y los derechos de la mujer. Esto supone el estudio de la historia del arte desde un punto de vista hasta entonces prácticamente desconocido, en el que la mujer está presente. Con ello se demuestra que muchas autorías pertenecen a mujeres, aunque las obras fueran firmadas por sus padres o maridos.

A día de hoy, cuando más libertad tiene el arte y más medios tiene el artista, seguimos viendo un mayor reconocimiento a la obra de los varones. Si bien es cierto que el talento se tiene o no se tiene, resulta altamente sospechoso que el número de obras expuestas en museos de arte actual sea mayoritariamente de artistas masculinos. La igualdad recae en juzgar el valor de la obra sea como fuese, pero no podemos dejar de preguntarnos qué hay más allá.

El equilibrio de la balanza está en la igualdad de peso. Tendremos que echar 100 gramos más de hierro.

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