Todos nos odiamos: Todos nos inspiramos

Todos los escritores nos jactamos de lo mucho que nos cuesta escribir. En serio, es hasta en parte patético a veces, y más cuando, si de verdad escribes y no eres un hipster que relata historias de vampiros brillantes asaltacunas, necesitas de las palabras para vivir. Hay que mantenerse activo, pues el escritor no sabe más que curarse escribiendo, valga la redundancia, y no puede evitar pensar continuamente en ello, aunque en la practica no pueda. Es aquí dónde entra  la diferencia entre inspiración buena e inspiración mala.

Por ejemplo, se es propenso a escribir por tristeza, y, aunque, hasta cierto punto no es malo y muchas grandes obras han surgido de este sentimiento, también suele defecar productos de la propia impotencia personal. Que si sufro mucho,  que si soy Alan Poe, que si esto, que si aquello ¡qué cruel es el mundo! Al final lo único que parimos, con los sentimientos sin razonamiento ni refinamiento, son derrotismos que cuando leemos al estar ya sin la lágrima en la mejilla, nos parecen una gran mierda a los escritores. Repito: A LOS ESCRITORES. Te estoy mirando a ti E. L. James.

Otra cosa que nos hace vomitar líneas sin sentido es el amor cuando no se usa con cabeza. Por mi parte, al menos, no escribo poesía sobre amor, porque eso es casi que peor. Sí es verdad que, a pesar del estilo crudo y malhablado que gasto, he escrito cosas que provocarían diabetes a un niño de 5 años. Los niveles de insulina serían fatalmente bajos. Y es que enamorarse lo deja a uno muy tonto si no tiene cuidado, incluso, a veces, con alguna venérea. El amor es un sentimiento que hay que tratar con mucho cuidado en la escritura, porque se puede llegar a los extremos muy fácilmente. No se debe ser duro con él, ni demasiado indulgente. Tampoco se puede ser totalmente inocente, ni ser el culpable de todo. Querer a alguien es un equilibrio entre azúcar y sal. El amor es salsa agridulce y si tienes suerte mojas el rollito de primavera. No sé si os habréis dado cuenta pero esta salsa es más dulce que agria, justo como el sentimiento del que hablamos.

La inspiración, al final, no entiende de sentimientos. Llega, sin más, cuando menos lo esperamos. Sentados en la taza del váter o viendo un paisaje. Hablando con alguien interesante o encendiéndonos un cigarrillo. No haciendo nada una tarde de verano en el porche o en la terraza. Con el cuello colgado de una cuerda o a punto de saltar de un puente. Puede que sean las cuatro de la mañana y estés sirviéndote un buen vaso de whisky, para calmar el insomnio, mientras estás sentado frente a la pantalla del ordenador, con la página en blanco ante tus narices y sin saber siquiera por qué estás ahí. Y a lo mejor llega, ahí, en ese instante, con tus ojeras, con tu tabaco y media linea de cenizas a punto de caer encima del teclado. Con el hielo tintineando en el vaso, derritiéndose, como tus nervios. O puede que no. Pero tranquilo, si de verdad escribes, si vives para ello, si no puedes pasar más de un día sin enrollar una hoja a la máquina de escribir y teclear cualquier cosa, si lo haces por tu propio bienestar y no por reconocimiento, solo tienes que esperar, ser paciente, y, en palabras de Charles Bukowski: “Cuando sea verdaderamente el momento, y si has sido elegido, sucederá por sí solo y seguirá sucediendo hasta que mueras o hasta que muera en ti. No hay otro camino, y nunca lo hubo.”

 

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