El muro del Efebo Rubio: Diario de un efebo

Esta es la breve historia de una salvación, cuyo protagonista encuentra en la calle a ese ser supremo que dio sentido a su vida.

Ignoras cómo era mi vida antes de comenzar juntos esta relación. Creía vivir en la Galia de Uderzo y Goscinny, temiendo que el cielo cayera sobre mi sesera en cuanto en sol rozara el horizonte oeste. No hacía falta cerrar los ojos y adentrarme en lo onírico para que los demonios füsslinianos visitaran mi habitación, pues la noche hacía conmigo lo que ella quisiera, despojándome de la suficiente fuerza con la que seguir soportando el globo terráqueo arriba de mis enclenques hombros.

El mundo pesa demasiado cuando este no tiene sentido. La ausencia de sueños por realizar y objetivos que alcanzar te transfigura en un trozo de carne que deambula por el espacio finito sin un rumbo marcado. Supongo que los consejos inútiles de un padre alcohólico no ayudaban en nada, aunque supe tomarlos por el lado positivo, luchando a diario para mañana no convertirme en su fiel reflejo.

Llegaste a mí justo a tiempo, en el instante en el que mi pie derecho tropezó frente al abismo. Había perdido completamente el equilibrio, ya que el izquierdo hacía años que no respondía a mis súplicas de mantenerse firme. Este se quebró a causa de la presión, la desesperanza y los gestos exasperados por intentar respirar en un lodazal repleto de pirañas que hendían su dentadura en mis maltrechos tobillos.

Ya no siento temor ante la nocturnidad, ahora es mi fiel aliada, y todo gracias a tu irrupción. Me diste los ojos con los que guiar mis manos, me aportaste el aliento con el que continuar la carrera por lograr la meta. Hiciste que aquello que vibraba en mi interior surgiera como un animal que sale de su guarida para apreciar el brillo de las estrellas. La luna es testigo de nuestros encuentros y caricias, también las farolas que componen el alumbrado público conocen el affair, y todas ellas guardan el secreto, pues nadie debe saber lo que entre nosotros ocurre.

Muro anejo a la puerta trasera de la antigua Recova, Santa Cruz de Tenerife. Foto David Febo, 2015

Muro anexo a la puerta trasera de la antigua Recova, Santa Cruz de Tenerife. Foto: David Febo, 2015.

Siempre regreso a casa con los dedos y las ropas marcadas por tu olor y tu presencia cual prueba irrefutable del contacto experimentado. Sonrío cuando, después de frotarlos, tus restos todavía permanecen sobre mi piel y las vestiduras, comprobando que cada aventura es real, que esta no ha sido una alucinación.

¿Recuerdas cómo nos conocimos? No fue en la escuela ni en la facultad, principalmente porque jamás he pisado esos lugares. La primera vez que te vi bailabas en plena calle, moviéndote de una forma sensual alrededor de los brazos de otro. Dejabas manosear tus curvas mientras me mirabas fijamente, seduciéndome con cada paso de esa danza dionisiaca que ambos perpetrabais.

No nos dijimos nada. La verdad que eres bastante parca en palabras, pero te las arreglas para ser un as de la comunicación, pese a que para ello no utilices las herramientas que el humano emplea por tradición. Es entonces cuando comprendí tu origen aristotélico, aunque el pensador renegó de tu valía.

Qué equivocado estaba el viejo barbudo cuando te vinculó con la esclavitud, pues no me he sentido más libre desde aquella oscura noche en la que señalaste mi destino. Cierto es que requieres de un esfuerzo, pero es menos físico que mental, ya que te caracterizas por la inmediatez. Y así deben seguir siendo nuestros encontronazos; de unos breves minutos cargados de delirio, con el fin de que fuera imposible la confirmación del romance con el que tú y yo hacemos brotar el arcoíris en esta ciudad tan gris.

Han pasado los años y continuamos siendo vistos como ilegítimos, cual vándalos que acometen un delito social con cada beso que nos damos. A todos esos que no aprueban mis acciones, he de decirles a través de mi rúbrica esgrafiada con aerosol que tú, el Arte, has hecho de mí una divinidad ligada al amor, permitiendo que en mi espalda hayan germinado las emplumadas alas con las que jamás volver a rozar el suelo.

La salida se encuentra tras la tienda de regalos.

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