La generación que no sirvió

Todo hay que ganárselo, hay que sudarlo, hay que dejar manchones de sangre y, si es necesario, semen o fluidos vaginales, lo que se tenga a la mano (preferiblemente la diestra).

Pero si hablamos con honestidad, todo lo que hemos inventado para mejorar nuestras vidas nos las han facilitado, desde una silla que nos abraza las posaderas suavemente mientras usamos un lápiz de grafito para plasmar nuestros pensamientos en una hoja procesada de pulpa de árbol (papel reciclado para los tiquis miquis y una laptop o tablet para los que olvidaron el grafito en la primaria), hasta el agua caliente que usamos para purgarnos de las impurezas que nuestras respectivas urbes dejan en nuestros cuerpos y en nuestras mentes. Todo ha sido para hacer nuestras vidas más fáciles.

La tecnología nos trae comodidades, todas últimamente necesarias para sustentar aquello a lo que llamamos “civilización”, las autopistas, los acueductos, las redes eléctricas, los puentes y las construcciones urbanísticas de gran escala son producto de una creciente necesidad de orden ante el crecimiento poblacional humano.

Todos estos avances han sido posibles gracias a personas que vieron una oportunidad en la cotidianeidad, personas cuyos inventos liberaron al hombre de complicaciones y les permitieron concentrarse en otros problemas. Les facilitaron el día a día permitiendo a nuestra civilización moderna florecer.

Ahora, no con esto quiero decir que nuestro orden social y económico actual sea el mejor o el más eficiente, sabemos como especie que nuestra visión limitada a nuestros cortos periodos de vida nos ha traído un sin número de problemas y conflictos económicos y sociales, pero no por eso debemos desecharlo todo, destruir cimientos que nos han permitido elevarnos a alturas insospechadas como especie y como civilización.

La generación a la que pertenezco ha sido catalogada constantemente como la más egoísta, la menos productiva, la más mimada o privilegiada, desestimando de esa manera todas las posibles dificultades que pueda sufrir como “problemas del primer mundo”. A los estudiantes endeudados en América del Norte se les trata de aprovechados por quejarse de su condición, refiriéndose a las dificultades de las generaciones pasadas para ridiculizar sus batallas.

Se les acusa de desarrollar un “sentido de derecho propio” que los convierte en malcriados a la hora de afrontar la realidad, y es con este lenguaje con el que se pasa sentencia a una generación entera, y el jurado no ha tardado ni cinco minutos deliberando.

Vivimos, lamentablemente, en un mundo que elogia a las personas que sobreviven la deuda, los interminables recipientes de fideos mal llamados ramen, las horas de trabajo indecente, la dedicación entera del día a día a conseguir deuda que se pueda usar para intercambiar por bienes y servicios que consideramos esenciales para el desarrollo propio del ser humano. Incontables sistemas de control y evaluación masivos que restan mérito a la mayoría de los tipos de inteligencia, todo para poder tener una idea en medio del caos, y sacrificar aún más del poco tiempo que tenemos en este mundo para convertirnos en un porcentaje privilegiado de la población, el cual usará ese sufrimiento como medalla de honor, esperando un desfile, cañonazos y una bandera sobre su féretro para poder justificar su existencia ante un mundo indiferente.

La verdad es que me cuesta entender todo esto, me cuesta comprender que nuestra tan criticada como amada civilización occidental decida desechar a una tanda entera de jóvenes usando como base un precedente histórico, cuando los principios que dieron empuje a los grandes avances de los que nos vanagloriamos como especie en la actualidad produjeron las condiciones que gestaron a cada uno de ellos.

Señoras y señores, miembros del jurado social de la omnipresente era de la información, si cada una de las cosas que nos han permitido sobrevivir al exterminio natural e indiferente que predomina en nuestro cosmos es un medio que nos facilitan la existencia: ¿por qué despreciamos a aquellos que empiezan a cosechar los frutos maduros de la evolución tecnológica humana?

¿Por qué, en vez de intentar mostrar a las personas el valor del progreso, la dedicación y el sacrificio de forma didáctica, queremos marcar las conciencias de nuestra juventud con dificultad, privaciones y desesperanza? No es lo mismo querer fortalecer un metal ejerciendo diferentes tipos de presión sobre él, amartillarlo hasta la saciedad. Una hoja que ve expuesta de forma indiscriminada al martillo, al frio y al calor, es más frágil a la hora de doblarse.

La historia nos ha enseñado que el esfuerzo y el sacrificio son una parte esencial y necesaria para el progreso. En la actualidad, gracias a grandes personas que sacrificaron sus futuros y su integridad tanto física como mental, hemos podido disfrutar de los avances sociales, políticos y económicos que tenemos hoy en día; pero no debemos olvidar que el cambio es una parte integral de la raza humana. El cambio siempre ha estado presente en el nacimiento de nuevos sistemas de comercio, administración política y organizaciones internacionales, es la resistencia al cambio lo que suele traer complicaciones y fomenta las crisis que tanto afligen nuestra Era Moderna.

Es perfectamente entendible la forma en la que las generaciones anteriores sostienen los valores con los que lograron superar las dificultades del pasado, ya sea la valoración del esfuerzo a través de la recompensa económica como el mantenimiento de las instituciones establecidas como pilares de una sociedad exitosa y fructífera; pero es incomprensible que dicho sistemas y valores sean los más adecuados ante una cambiante y mutable realidad como lo es la nuestra.

Me parece, desde la opinión de un pobre soñador, que la verdadera ambición que deberíamos tener como colectivo homo sapiens es que las dificultades que conocemos ahora deberían desaparecer, todo para ser reemplazadas por otro tipo de dificultades, evolucionar junto con nuestra tecnología, sin discriminar. Liberar a cada uno de nosotros de los problemas que han sufrido nuestros antepasados para poder afrontar nuevas realidades como una sola especie.

De la misma forma en la que un padre desea proteger a sus hijos de los males que mancillaron su espíritu, debemos intentar subsanar nuestros errores, no considerarlos ritos de paso para nuevas generaciones.

Para concluir, cierro esta meditación innecesaria con las palabras del expresidente Mujica: “Cuando compro algo, cuando tú compras algo, no lo estas comprando con dinero, lo estas comprando con el tiempo que tuviste que gastar para tener esa plata, y la única cosas que no se puede comprar es la vida… Es gastar la vida para perder libertad.”

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