Eufemismo fílmico

Dos copas de más; el combustible funcional de la iconografía pop. El culto al audiovisual prostituye a personajes cuya afición favorita es enarcar las manos para encenderse un “alegría”, con hombros laxos y mirada perdida. Es el fiel reflejo de una generación que se droga, que pasa por las mismas fases que Raoul Duke o Mark Renton; una generación que carece del encanto de estos dos personajes y que se encierra, en un Volkswagen segunda mano, a llorar por ello.

La industria ha parido una infinidad de guiones que se revuelcan en el fango, y hemos trivializado tanto la drogodependencia que ya no nos fijamos en el tratamiento que los genios literarios del cine y televisión dan a la droga en sus obras.

En sus inicios, la relación entre el cine y las drogas era complicada; la meca de la producción prohibía fumar tabaco en público y la asociación del consumo de estupefacientes con la población negra había causado rechazo (solo superficial) hacía la droga. Sin embargo, hoy por hoy es una herramienta narrativa que permea los televisores de medio mundo.

En la producción cinematográfica actual (entendiéndose actual como la de los últimos 20 años) la alusión a este tipo de fármacos toma formas totalmente insospechables en aquellos tiempos de censura. La más utilizada hoy por hoy y, muchas veces, la más creativa, es el eufemismo.

Muchas series asocian las características de la droga dura con otros objetos aceptados por la mayoría, en un símil que a veces roza lo absurdo. Cómo conocí a vuestra madre se mofa de esta actitud, y propone los sustitutos más irreverentes a drogas como la marihuana o la cocaína. Ted utiliza la figura del bocadillo para contarles a sus hijos todo aquello que tuviera que ver con un canuto, dando como resultado un espectáculo al mismo tiempo surrealista y delirante. Lo mismo ocurre con el uso simbólico del puro, no tan directamente asociado con su referente como el anterior. En la serie se le otorgan a los puros características analgésicas de las que carecen, y se hace alusión al mismo en ocasiones que el gran público identificaría con situaciones donde apelarían a la droga.

Series como Californication, Breaking Bad o Weeds trivializan el consumo y venta de estupefacientes, trasladando a la pequeña pantalla la cotidianidad de actividades que son ya casi una costumbre del primer mundo. Hank Moody es un escritor en crisis con un ritual digno de novelista beat; al acabar una novela, Warren Zevon, whisky y marihuana. No pierde una oportunidad de meter mano a casi cualquier tipo de sustancia, tonteando incluso con la cocaína y llegando a ser ingresado en un centro de rehabilitación por su alcoholismo. Walter White es un profesor de química que, ante la posibilidad de pisar la tumba sin dejar un legado a su familia, decide dedicarse a sintetizar metanfetamina. Nancy Botwin es una madre de familia que, enviudada, termina traficando con marihuana para mantener el estilo de vida al que estaba acostumbrada. En las tres series se idealiza la droga y se enfatizan los encantos y el éxito del drogodependiente.

“¿Quién necesita razones cuando tienes heroína? “, nos increpa Mark Renton mientras le vemos correr; huye de la sociedad, de su sobriedad y su cordura. Es el inicio de Trainspotting, una película que más que condenar o trivializar el consumo de drogas, lo explora. Obras como esta o Miedo y Asco en las Vegas dan un retrato descriptivo sobre los efectos de los estupefacientes, sobre la vida del drogadicto y la opinión de la sociedad al respecto.

Ya sea de manera sutil, en conexión directa con el espectador o en acto reivindicativo, la droga es parte esencial de la producción audiovisual actual; nos gusta sentirnos identificados con el fracasado seductor, e intentar ignorar este hecho sería un enorme eufemismo fílmico, un bocadillo de ignorancia.

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3 Responses

  1. Santiago Pérez Sanago dice:

    Interesante artículo: basta de hipocresías… hablar y ver las cosas como son y por su nombre es totalmente terapéutico y liberador.

    • Jesús D.Robles dice:

      Muchas gracias por leerme Santiago

      Te propongo una reflexión: Muchas veces el eufemismo es más una cuestión artística que de hipocresía; lo sugerido es siempre más atractivo que lo explicito. Aunque coincido contigo en el poder terapéutico de ser un mal hablado 😉

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