Jean-Michel Basquiat

basquiat-1-1-844x1200“Tenía miedo de no durar, de ser acaso un episodio pasajero, un estornudo caprichoso de la moda y sus vaivenes”

En el siglo II A.C toda la filosofía griega parecía agotada hasta que llegó una corriente llamada eclecticismo cuya propuesta básica era quedarse lo mejor de todas las escuelas anteriores. La vida de uno de los grandes artistas del pasado siglo encajaría con las bases de esta doctrina, ya que influencias tan lejanas como el manual de anatomía de Henry Gray, la música jazz o el expresionismo abstracto de Pollock y de Kooning esculpieron un estilo muy personal que nunca sería olvidado.

Para contextualizarlo, tenemos que comprender la situación de la ciudad de Nueva York en los años setenta. La angustia se podía respirar en sus calles, donde la crisis económica había alimentado la pobreza, el consumo de drogas y la prostitución. Paradójicamente también floreció una gran diversidad cultural en respuesta a la situación social y las injusticias que se vivían. El graffiti apareció como una novedosa forma de expresión artística en las calles, y un joven Basquiat de diecisiete años empezaría a firmar como SAMO (same old shit), abandonaría su posición acomodada en una familia solvente y comenzaría a vivir en las calles cual Sidharta milenios atrás. Aunque no tardó en abandonar esta fase con su último mensaje: “SAMO IS DEAD”.

Con dieciocho años vivía de vender camisetas y posters en las calles. No fue hasta que trató de ilustrar un largometraje cuando pintó sus primeros lienzos. Sus obras destacaron por parecer inacabadas, entrar de una manera muy directa al público y transmitir sus memorias y experiencias en las calles armándose de tizas, acrílico, óleo, papeles y otros objetos que encontraba en la basura. Con frecuencia ilustraba varias ideas que le venían en mente dando lugar a capas y capas que conformaban una amalgama indescifrable.

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Jean-Michel Basquiat, Gold Griot, 1984.

Tras ser cobijado en el manto de la galerista Annina Nosei vendió todas las obras exhibidas en su primera exposición. Desde entonces los críticos empezaron a contemplar la posibilidad de que Basquiat lograra colocarse en el panteón de los artistas contemporáneos.

Un antes y después en su vida fue conocer a Andy Warhol. En sus obras empiezan a unirse elementos totémicos y del vudú africano con símbolos del capitalismo norteamericano. La ira que transmitía y la aparente ausencia de límites en su obra asustaba a algunos galeristas que con los pelos de punta a veces no se atrevían a exponer sus obras.

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Andy Warhol y Basquiat, por Lizzie Himmel (1985).

Anhelaba un respeto que parecía no concedérsele al ser visto como el perro de Warhol, pero además tenía la idea obsesiva de que aquellos que le rodeaban lo hacían por interés. A esto hay que sumarle la peligrosa relación de dependencia que mantenía con la heroína, le sumió en una espiral autodestructiva que amenazaba con terminar con su vida. En esta última etapa encontramos Eroica II, donde escribió reiteradamente Man Dies (El hombre muere), que sería la crónica de una muerte anunciada. El verano de ese mismo año murió de una sobredosis en una triste recaída tras haber pasado seis meses limpio uniéndose al célebre círculo del 27.

Dustheads, Basqiat (1982)

Dustheads, Basquiat (1982).

Su mensaje aún nos puede golpear tanto por la obra que dejó para la posteridad como por su breve pero intensa biografía, llevada a la gran pantalla en 1996 por el director Julian Schabel. En el film se aprecia cómo Basquiat empieza a extenderse como un virus por varios museos bajo la mirada de un Andy Warhol interpretado por el difunto David Bowie. Pero el repentino éxito no será fácil de digerir para el niño prodigio neoyorkino.

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