15 minutos de fama – Franz Reichelt

A principios del siglo XX, una época en blanco y negro que soñaba con la nuestra, el hambre de nuevos inventos alimentaban la imaginación de numerosos pioneros, científicos y curiosos que soñaban con marcar alguna diferencia. Me encantaría poder mentir y decir que nuestro ilustre personaje no pertenecía al último grupo, pero haría menos interesante su historia.

La aviación, que aún estaba en sus primeros compases, demandaba algún invento que sirviera como medida de seguridad para los pasajeros en caso de avería durante el vuelo. Ya se habían realizado con anterioridad vuelos exitosos en rudimentarios paracaídas, pero lo que se demandaba era uno lo suficientemente rápido, cómodo y compacto como para poder ser usado con facilidad. En varios puntos del planeta se comenzaron a realizar pruebas que, al poco tiempo, terminarían por alumbrar la deseada tela salvavidas. Antes de que eso sucediera, nuestro amigo hizo lo propio, aportando su particular intento.

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Franz Reichelt

En 1911 el Club de Aviación Francés publicó un concurso, según el cual aquella persona que consiguiese imaginar y diseñar un paracaídas funcional y liviano, recibiría una cuantiosa suma de dinero –diez mil francos de la época–, acompañada de la nunca menor fama y reconocimiento. Franz debió comprar el periódico ese día, ya que enseguida se puso manos a la obra.

El ser humano es un crisol de complejos, compuesto en su mayor parte de errores. La palabra error hoy se enarbola –a media asta, eso sí– como una oportunidad para otro yo que debe llegar después porque, si no llega, uno deja de ser uno mismo y se pone a leer libros de otras estanterías más viejas, va al psicólogo o se hace youtuber. Pero hay errores que no van más allá de ellos mismos, que no desvelan ningún horizonte y que de ellos no se puede aprender nada más que el tiempo perdido en su consecución.

Franz no era ingeniero, ni científico, sino sastre. Un hombre que, como sastre, conquistó con legitimidad y sin esfuerzo una buena reputación en París. Llegados a este punto, no es baladí aconsejar al lector, con insistencia, que no olvide el detalle de su formación durante la lectura de la completa extensión de este texto. Como diría aquel otro: “La comedia es tragedia más tiempo”.

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Franz Reichelt

Basándose en las ideas y planos de Leonardo Da Vinci, quien tampoco había hecho cálculos exactos de sus invenciones, Franz compuso una especie de paracaídas de aspecto murceguillo. Para las primeras pruebas de su funcionamiento se valió de maniquíes preparados que lanzaba desde su estudio, situado en un quinto piso. Los resultados, aunque parcialmente exitosos, no fueron concluyentes, y decidió probar lanzando sus muñecos, de forma clandestina y sin el permiso necesario, desde la Torre Eiffel, estructura más alta del mundo en aquella época. Otro renovado fracaso que Franz achacó a la incapacidad de los maniquíes de extender los brazos durante la caída.

Fue entonces cuando sucedió. Nuestro compañero llegó por lógica aristotélica a la conclusión irrefutable derivada de sus propias premisas: era necesario que un ser humano probase su instrumento.  Y “qué mejor humano que yo mismo, debió pensar.

Sacrificarse por una idea aun siendo por motivaciones altruistas, egoístas, o una combinación de ambas es algo que perturba al joven narciso tecnológico. Pero este hombre, armado de un bigote tan denso y oscuro como mil metros bajo el mar –que ya querrían muchos hipsters–, se lanzó desde 60 metros de altura –la altura aproximada que hay desde la primera planta de la torre Eiffel–, con la única compañía de su creación y la esperanza de que funcionase. Expectativa, esta última, que un agujero de 15 centímetros en el suelo de la torre refutó.

La policía, que ese 4 de Febrero de 1912 se había congregado junto con una pequeña multitud, recogió el cuerpo inerte de Franz, fallecido en el mismo momento del choque, envuelto en su propio invento, su tela, que acabó siendo su propia mortaja. No hubo culpables, Franz se aseguró de ello al firmar un documento que librara de responsabilidad a los cuerpos de seguridad en caso de tragedia.

Según dicen, justo antes de realizar su último salto, y rodeado de algunos de sus compañeros, El sastre volador –como le apodaron–,  pronunció la siguiente frase:

“Veréis como mis 72 kilos y mi paracaídas refutarán todos vuestros argumentos”

Como diría aquel: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Pero no olvidemos que también existe su contrario. Debiera bastar un genio para frenar a un necio, y muchos de los últimos no debieran alterar los dones del primero. Por desgracia, esto no se suele cumplir en casi ninguna ocasión, ni tampoco es fácil de dirimir a qué grupo hacemos honor cada uno, como ocurre con el personaje que aquí nos reúne.

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