Oniros a las 03:00 a.m.

Sentarse frente a la ventana, imaginar que los rayos de sol que se abren paso entre las nubes se convierten en escaleras doradas. Soñar que las montañas son contornos de titanes dormidos, seres enormes de una era que sobrepasa nuestro entendimiento, contemplar la tela oscura del firmamento en las altas horas de la madrugada y viajar con el pensamiento a las estrellas que agujerean la negrura, volando hasta rozar el fuego infinito del cosmos que solo el insomnio y una mente ociosa pueden conjurar. Ése es el poder de la imaginación, ése es el alcance de los sueños.

Quizás esto sea lo que hace agridulces nuestras ambiciones, quizás esto sea el mayor tormento que arropa nuestra mortalidad, el alcance de nuestros sueños suele ser mayor que el de nuestras manos. Incluso los sueños terrenales también pueden tornarse agridulces y lo que suele distorsionar su alcance es el tiempo, que estira el tejido de la realidad, alejándonos cada vez más de las maravillas que ambicionamos.

Pero aun así seguimos soñando, quemándonos poco a poco con el resplandor de una duermevela, avivando las llamas de la ansiedad con el desconsuelo de aquello que deseamos pero no tenemos, aquello que soñamos ser pero no somos y quizás nunca seremos.

A pesar de todo seguimos afrontando el mundo con una sonrisa y los ojos cargados de lágrimas. Aun cuando somos derrotados por el peso de los años y el terror de lo imposible, seguimos marchando con la frente en alto hacia el futuro incierto, armados con el doble filo de mil y un esperanzas de repuesto

Y la razón es simple, el camino alberga una promesa, las piedras pueden herir nuestros pies descalzos. El destino puede acecharnos cual lobo en la penumbra, esperando arrancar con sus colmillos de desgracia un trozo de nuestro amor, un pedazo de nuestro consuelo, pero puede valer la pena si lo logramos.

Cada cicatriz, cada lágrima, cada ambición abandonada a la intemperie en la cuesta de nuestras vidas puede ser redimida con el éxito, con el logro, con tan solo una caricia de la victoria.

Y es que soñar, más que una mala costumbre, es un regalo de la imaginación, un bálsamo que cura de a momentos los espacios abandonados a los que nos vemos forzados por las vicisitudes de nuestras vidas.

Se puede decir que venimos de los sueños. Algunos de nosotros nacemos del sueño de un hogar y una familia. A veces un simple ensueño se convierte en el combustible de una vida, como el que visitó al bendito Tartini una noche, empujando los límites de su cordura y permitiendo que la virtud manara de sus dedos.

En los sueños dotamos de sentido a nuestras cortas existencias, escribiendo nosotros mismo el papel que desempeñamos en esta tragicomedia tan particular, entregándonos con cuerpo y alma a la interpretación de nuestras vidas.

Quizás cuando cogemos un avión en una de esas noches de insomnio e inquietud y sentimos el tirón de la gravedad en el despegue, no es el lamento de lo que dejamos atrás, esa parte mortal amalgamada de vivencias y recuerdos; si no que dejamos ir el peso muerto que nos permite ascender hacia ese cielo estrellado que tanto hemos visitado en sueños, intentando reunirnos con la parte de nosotros que se quedó entre las nubes desde el momento en que vimos por la ventana y empezamos a volar.

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