Tan cerca, tan lejos

La gente trastornada vive en un mundo más real que los cuerdos.

Semanas han pasado ya desde la última vez que me enfrenté a un artículo, me estaba oxidando esta eterna pausa. Pese a coincidir con las navidades ese lapsus temporal que año tras año tenemos que pasar: alcohol, familiares que no veías desde las últimas campanadas (pero que te tratan como si amanecieran cada mañana en tu casa), copiosas comidas que hacen que se tambaleen tus buenas intenciones físicas de mantenerte slim fit, trajes, corbatas, uvas, alcohol, más alcohol y cosas (más cosas que no recuerdo); no tenía muy claro de qué escribir. El panorama político no cambia, por desgracia para nosotros, y ningún tema me apasiona lo suficiente como para dedicarle mucho tiempo. Así que estas líneas solo serán mías al 50%, en breve entenderéis por qué digo esto.

Uno de los días que estaba lúcido en este periodo estival, y entiéndase por lúcido que no tenía resaca y estaba en condiciones óptimas para hacer cosas productivas, me dio por hacer limpia en casa y (sin quererlo) me encontré con una carta, una verdadera declaración de amor. Sí, de amor de infancia. De ese que se vive intensamente pero que ya adelanto que, pese lo que vais a leer, derrochamos más pasión que dilatación en el tiempo; pero pese a ello creo que es digna de compartir, digna de leer y digna de este entorno cultural:

Nunca podré olvidar cada mañana al despertar, cuando el sol araña la madera de mi persiana y esta a su vez calienta de sobremanera mi habitación haciendo que sobren las sabanas. No quería otra cosa sino poner los pies en el suelo frio, y sonreír de forma estúpida mientras pensaba en ti. Quiero ponerme los vaqueros una camiseta y correr a nuestro encuentro. Que te dejes abrazar y besar durante el tiempo que ambos creamos oportuno, sentir que todo se para, como en Big Fish.

Acelerar luego el trayecto hacia las afueras del mundo, y explorar. Olvidar el miedo, cogernos la mano y soltárnosla, sin consecuencias, porque al final del camino, siempre estaremos esperándonos. Siempre. No tengamos prisa por llegar, pues tiempo hay y lo más importante será con quien compartamos lo que nos quede de vida antes de decir adiós al mundo. Esa persona, para mí, serás tú.

Tropezarnos durante nuestros periplos, y olvidar los peligros de las aventuras que vivamos tomándonos una pausa un caluroso día de verano, bajo la fresca sombra de un árbol. Que no te importe ensuciarte los pantalones en la tierra húmeda. Que lo único que te importe, como a mí, sea acariciarte el pelo. Agarrar tus manos. Abrazarte.

Atardece, ceder a refugiarme contigo, a condición de hacernos el amor toda la noche y convencernos que no hay meta en la vida sino nosotros. Amanecer con mi barbilla sobre tu abrigado pecho. Besarte y partir.

Miles de kilómetros siendo un cabezota como siempre me decías, y que te des cuenta que mi mayor defecto se convierte en virtud. Convencido. Quisiera entregarte mi cuerpo cuando mi alma vuele. Mi cuerpo reflejará mi vida. Una vida encaminada a ti. Mi vida, entera, para ti. Quien único aceptará mis bondades y defectos. El único que me amó por lo que era, lo que soy y lo que seré, haga lo que haga y como lo haga. El único que se aventuró por conocerme hasta la médula, y no se rindió, a pesar de mis errores cometidos y por cometer. Nunca lo hizo. A él, al más valiente, encomiendo los últimos instantes de mi vida.

Prométeme que cuando muera, estarás allí, a mi lado. Porque te quiero y no descansaré en paz si no siento tu mano agarrándome la mía mientras desfallezco. Peleemos, nos odiemos, vivamos muy lejos, lo que sea y como sea. Dará lo mismo. Si está en mis manos te encontraré para despedirme de ti, y contigo del mundo. Si no depende de mí, te pido que me encuentre, porque tus ojos son los últimos que quiero ver antes de cerrar los míos.

Ahora, guarda esta carta. Para siempre. Porque esto que he dicho, me ha salido de lo más profundo del corazón, pero no (solo) del amor que siento por ti, sino del amor que siento por mí mismo. ¿Qué que quiero decir? Que formas parte de mis deseos, de mi futuro, de mi vida y persona. Has conseguido camuflarte en mi carácter. Te has mezclado conmigo.

SIEMPRE.”

Aún, y sin ninguna pretensión, se me hace muy difícil ver bien después de leer partes del pasado tan intensas. Todos deberíamos tener la suerte de vivir algo así en algún momento de nuestras vidas porque, acabe como acabe, siempre tendrás un vínculo incombustible con esa persona. Siendo parte de ese todo siempre serás parte de algo. Siempre te vendrán a la mente recuerdos que, sin quererlo porque no es el momento (o no deberías sentirlo así), te sacarán una sonrisa. Siempre, siempre… Te sentirás tan cerca, tan lejos.

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