Lectores de mierda, adaptaciones de mierda

Intrigas políticas judeo-masónicas, la lista de amantes de una tal Vicky  o las peripecias del niño mayor de la del quinto; la cola que se cobija a la sombra de la cartelera es el caldo de cultivo más explosivo para el bisbiseo y los maridos desesperados. Después de las peluquerías.

Una de las temáticas fundamentales de esta cháchara, tan básica que ni siquiera hay que matricularse en la universidad de la calle para dominarla, es la crítica a la adaptación del momento. Logan, El Guardián Invisible, La Bella y la Bestia, Ghost in the Shell, Kong, Los Pitufos… la mitad de la cartelera la conforman adaptaciones del papel a la pantalla. Y nadie está contento con ellas. Como parece ser que la mitad de la población primermundista se ha puesto de acuerdo para decir que este tipo de producciones son una mierda, yo me he puesto de acuerdo con esta revista para explicarles por qué la película de su novela favorita es, efectivamente, una mierda.

Una de las variables más limitantes de la redacción para revistas es el formato: nos limitan mucho el espacio y tenemos que explicar, en muy pocas palabras, verdaderas tesis doctorales. En ese sentido, escribir para la prensa es muy parecido a adaptar para el cine: se tienen que meter muchísimas cosas en un espacio muy reducido. El director transforma lo que el lector medio consume en un mes en un producto que no supere  las dos horas.

Quizá esta es la barrera física más obvia, la más reconocida en estas sobremesas de ventanilla, pero hay muchísimos factores palpables que dan razón a la mierda de película que acabas de pagar por ver, como lo son el monto del que dispone el director para trabajar, las capacidades tecnológicas o la viabilidad de las infraestructuras; en el cine hay dos tipos de producciones, las humanamente imposibles y las caras. Puedes escribir una novela en pañuelos de papel utilizando los restos del kétchup que te vino con tu último McAuto, pero una película… dejémoslo en que requiere algo más.

Las charlas de cartelera no suelen traspasar la barrera de lo físico; el criticón se contenta con ver que nadie le lleva la contraria porque, al fin y al cabo, no es culpa de nadie que la película sea una mierda: no hay dinero, los directores son unos vagos; ya sabéis. A mí sí que me gustaría ir un poquito más allá, porque yo era uno de ellos y he conseguido rehabilitarme.

Portada de El Guardián Invisible, de tapa dura, como los DVDs.

Portada de El Guardián Invisible, de tapa dura, como los DVDs.

Existen muchísimos artículos con más prestigio que este en los que ya se habla de los problemas de la adaptación cinematográfica, así que yo solo voy a centrarme en los que considero que son los dos más importantes y que afectan más directamente al usuario.

El primero y más superficial es la concepción del término “cinematográfico”, y lo que esta conlleva.  El director debe atenerse, por cuestiones económicamente obvias, a qué se ve y qué no; saca de esas 600 páginas de reflexión y poesía dos horas de entretenimiento palomitero. Y eso es difícil. Mucho. Y es culpa nuestra. Como espectadores, esperamos una serie de elementos de una película que son, en algunos casos, exageradamente diferentes a los que esperamos de una novela. Así, mientras que estamos encantados de malgastar dos horas de nuestra vida leyendo la descripción de un parque lleno de cagadas de perro y bohemios de pacotilla, dos horas de paisaje lo único que harían en un cine sería dejar la sala vacía.

El segundo es mucho más difícil de entender, pero quizá es la mayor razón por la que la película de tu novela favorita es una mierda. El lector utiliza su imaginación para interpretar lo que lee y aportar la información que le falta por culpa de las limitaciones del papel y la tinta: si lee que el protagonista camina por un parque lleno de cagadas de perro, se imaginará unas cagadas de perro concretas. Por desgracia para los directores, cada individuo tiene una imagen de cagada de perro en su cabeza, y no va a poder contentar a todos los lectores. Su cagada  quizá es más oronda, o quizá más marrón; eso no importa, la idea fundamental es que, como lectores, aportamos información a lo que leemos, y damos una interpretación sobre lo mismo. Esa información que aportamos  puede o no coincidir con la del director, que es igual de lector que tú. De este modo, y si lo planteamos de una forma un poco más adolescente, tú no podrías dirigir esa adaptación mejor que él, ni él mejor que tú.

Teniendo todo esto en cuenta, lo que yo propongo es dejar de hablar de mierdas y empezar a considerar la adaptación como una obra de arte en sí misma. El director, al empecinarse en transmitir la información que falta debido a la naturaleza del medio (el papel), está creando. Es un nuevo artista; es autor de la película. Así, al rellenar el espacio pragmático por nosotros, nos regala una pieza única que no debe ser comparada con su versión en papel sino igualada a la misma; un complemento de mierda para un lector de mierda.

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