La mirada poética y el cuerpo político

Largo y tendido hemos hablado -y lo que nos queda- con mi querido Juan Bay sobre la mirada poética, sobre esa manera de alcanzar el mundo –y de someterse al él- desde esa tercera persona que nos observa dejando constancia de las dinámicas coreográficas, significativas, simbólicas, metafóricas y dramatúrgicas que afloran bajo su atención. Como en El show de Truman, bajo la mirada poética nada sucede pero todo acontece fruto de la dirección o el designio de un ente respetuoso (es decir, que maneja las distancias): en cinco, cuatro, tres, dos, uno…

Dentro señora con carro de la compra y gafas de sol, casi de noche. Al volver la esquina, pintada en la pared que te increpa directamente a ti –y no a otra-. Alzas la mirada y balanceo de hojas y tintineo de sol con fruto rojo sobre Helplessness Blues de Fleet Foxes en tus auriculares; rueda desinflada de bicicleta en el salón más astromelias a un día de perder sus flores… Todo tiene sentido. Todo emite un juicio seco en su superposición sobre el resto del mundo. Infinidad de conjugaciones y permutaciones que, bajo la mirada poética, hacen de ese mundo en todos sus tiempos (pasado, presente y futuro) un libro en el que sumergirse.

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Dice Josep María Esquirol que “si la primera cosa clara es que el asombro lleva a la atención, la segunda es que cuando uno presta atención está más preparado para el asombro y la admiración, de modo que hay una especie de movimiento circular, pero en ningún caso inercial; más bien las inercias nos desplazan fuera de ese círculo”. Todo lo primero sucede, por ejemplo, en las grandes historias que encierra la serie Instagram #tipossolos de Miguel G. Morales (Hombre_que_hace_que_duerme), y no sucede en la mayor parte de los seres desafectados y anestesiados en los que nos hemos convertido para mayor gloria del capitalismo mediático y cultural. Mover la mirada no sólo es el nombre del taller que en 2016 reunió a Tania Arias, Lucas Condró, Celeste González, Laura Kumin, Eva Viera, Jaro Vinarsky y Guillermo Weickert dentro del trigésimo Certamen Coreográfico de Madrid. También es la condición sine qua non para la activación de la mirada poética, lo que (y allá vamos) conlleva una conciencia y un protagonismo dancístico en nuestra propia posición y trazado físico (como ser físico que mira) que nos convierte en actuantes poéticos y en cuerpos atentamente políticos.

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Sería algo así como: en cinco, cuatro, tres, dos, uno… Dentro: Mi cuerpo lento y flotante entre flujo de personas en calle comercial de la ciudad; dentro mi cuerpo afectuoso y sensible en institución pública; dentro mi cuerpo con mirada contenida y libro abierto en vagón de tranvía; dentro mi cuerpo y cuerpos de niños y niñas bailando música electrónica un domingo por la mañana en un teatro público (Sun Dance Family Sessions)… Y así una larga lista relaciones posibles entre mi cuerpo, la conciencia de mi cuerpo y el mundo en un ejercicio continuado de atención sobre los innumerables significados y relecturas que desde la acción se pueden proponer al contexto, a la propia mirada y a las miradas de los otros. Thomas Ostermeier habla de la corporeización del conflicto y de la centralidad del cuerpo frente a los procesos de desmaterialización que se extienden en diversos ámbitos de la experiencia contemporánea (Prácticas de lo real en la escena contemporánea, José A. Sánchez). O como dice Juan José Millás en Inane, “instalados todos en la opacidad mental, ya estamos listos para firmar donde sea menester”. Digamos pues que no sólo estamos faltos de una mirada que sepa ofrecerse al mundo como hilos que conviertan lo cotidiano en admirable, sino que, fundamentalmente, estamos perdiendo la conciencia de que nuestro cuerpo en movimiento es el generador más poderoso de política y de ética en los propios procesos de aprender a mirar de nuevo.  #CassandraLibre

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