La ilustradora neozelandesa que oculta los rostros con pintura rosa

Después de nuestra larga visita al continente asíatico, donde tuvimos el privilegio de conocer a artistas tan polémicos como Ai Weiwei, o tan risueños como Yue Minjun, hemos decidido hacer una parada en Nueva Zelanda, la «tierra de la gran nube blanca», antes de volver a casa por navidad como bien nos recuerda cada año la campaña de una famosa marca de turrones; por si a alguien se le olvida que es época de reencuentros, de compartir momentos con familia y amigos, de hacer y recibir regalos, de comer (y mucho), de destapar el baúl de las nostalgias, y de dar las gracias por todo lo bueno que nos ha deparado el año que está a punto de irse.

Y decidimos hacer esta parada porque nos han hablado muy bien de una chica a la que le encanta deformar caras y que tenemos muchas ganas de conocer:  HENRIETTA HARRIS.

Henrietta H. 2

Según su página web, que hemos estado visitando con detenimiento durante las más de 11 horas de vuelo entre China y el país de los maoríes, “Henrietta Harris es una  artista neozelandesa que se graduó en 2006 en Bellas Artes por la Universidad de Auckland. Tiene una especial habilidad para dibujar manos, caras, cerebros y glaciares. A menudo sus pinturas tienen un toque surrealista, sobre todo los retratos, donde crea caras muy oscurecidas gracias a unas pinceladas limpias y precisas. Suele trabajar principalmente en acuarela sobre papel”. Pero como esta presentación que hemos encontrado se nos queda corta, antes de conocerla personalmente queremos investigar un poco más sobre su trabajo, sus motivaciones y el porqué de distorsionar sus retratos en una era donde los selfies, el postureo en las redes y un egocentrismo desmedido, inundan nuestro día a día.

A medio camino entre la ilustración, la publicidad y el diseño gráfico, Henrietta se ha ido construyendo un nombre combinando la tradición (pintura y dibujos a mano alzada) con métodos digitales, algo que han sabido apreciar muy bien las revistas y publicaciones como BITE, Metro y Sunday Magazines, o su variada lista de clientes, que van desde Flying Nun Records, Amnistía Internacional, Four Paws Media y Vice Magazine. Sus personales retratos se han acercado con bastante éxito al mundo de la música, con innumerables portadas de discos de músicos neozelandeses a sus espaldas, y al de la moda, algunos de los cuales han aparecido en su propia línea de camisetas impresas a mano, o en la de otras marcas como Parinto o Barker’s Men’s Clothing.

 

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Portada de Infinite Llife, de Grayson Gilmour

 

Hablar de Henrietta es hablar, sobre todo, de retratos, sí, pero de retratos que nada tienen que ver con los cientos con los que nos bombardean cada día las aplicaciones de nuestros dispositivos móviles. Los retratos de Henrietta son misteriosos y van más allá de querer mostrarnos una cara bonita, una imagen artificial y milimétricamente diseñada para ofrecer la mejor versión de nosotros mismos aunque no sea la real. En ellos lo que podemos observar es todo lo contrario, no vemos las facciones de los retratados pero intuimos su esencia, su carisma, la fuerza interior que emana de unos rostros irreconocibles que se deforman y desaparecen como manchados por una mano que, accidentalmente, borra la pintura, aún fresca, con la que han sido pintados.

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En su última exposición individual “I Gave You All the Clue” (te di todas las pistas), en la Melanie Roger Gallery, Henrietta Harris crea retratos al óleo de personas que conoce personalmente o por Internet y que luego emborrona con pintura rosa. Es como si los personajes se despojaran de su identidad, como si quisieran esconderse del mundo que les rodea, que les confunde, que les duele, un mundo que ya no les pertenece, contaminado como está por tanta frivolidad e hipocresía, y donde lo único que importa es la apariencia, el poder, la fama y el dinero. Es en ese mundo que ya no quieren habitar, frío y superficial, donde descubren que siendo ellos mismos y revelando su propia esencia lejos del “gran hermano” que todo lo observa, como único podrán llenar de nuevo ese vacío existencial que les va devorando, devolviéndoles la autenticidad que tanto persiguen.

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Cuando al fin conseguimos preguntarle a Henrietta por qué le gusta experimentar con el retrato y qué es lo que le atrae de la distorsión con la que juega con sus modelos, se muestra igual de enigmática, o más, que en sus pinturas: “no estoy segura de qué es lo que realmente me atrae”, dice, “aparte de querer hacer las cosas de manera diferente”.

fixeditXIIY dejándonos con la incógnita y sin ofrecernos ni una pista más con la que desentrañar el misterio que ya ha llegado a obsesionarnos, nos quedamos con la sensación de que sus pinturas no son solo para mirarlas, sino que para entenderlas debemos respirarlas, absorberlas, dejarnos arrastrar durante un largo tiempo hacia ellas hasta despojar de nosotros la máscara que nos mantiene prisioneros en un mundo de desdoblamientos y falsos avatares, una máscara que oculta nuestro verdadero “yo” más que la pintura rosa con la que tratan de esconderse los diversos rostros de Henrietta Harris.

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