Iker Muro: Psicodelia sinestésica

Al llegar a la calle Góngora, sube las escaleras de colores hasta llegar al cielo

Muchas son las escaleras cuya imagen ha sido convertida en mito gracias a la Historia del Arte, tanto en su forma física cual elemento de comunicación arquitectónico como en su representación artística sobre lienzo. La escalera dorada (1880) del prerrafaelita Burne-Jones, el polémico desnudo bajando las escaleras (1912) de Duchamp, la célebre escalinata de la Plaza de España romana (1725) o las escaleras de la Biblioteca Laurenciana (década 1520) diseñadas por Miguel Ángel. Desde que el ser humano se civilizó, la escalera no solo es entendida como una herramienta que entrelaza distintos niveles pues, posee un carácter místico de subida o bajada a planos donde la muerte del cuerpo y la resurrección del alma están presentes. Cuando ingeniería y arte urbano se funden, ya podemos hablar de alcanzar el Nirvana.

Foto 2. Iker Muro, obra mural localizada entre la calle Góngora y el estadio Heliodoro Rodríguez López, 2018. Santa Cruz de Tenerife. Fuente: Instagram @mur0ne

Iker Muro, obra mural localizada entre la calle Góngora y el estadio Heliodoro Rodríguez López, 2018. Santa Cruz de Tenerife. Fuente: Instagram @mur0ne

Un viejo conocido por los habitantes de Santa Cruz de Tenerife, Iker Muro (Bilbao, 1979), ha sido el encargado de transformar los peldaños, paredes y barandillas del oblicuo y cubierto pasadizo que une la calle Góngora con el estadio de fútbol Heliodo Rodríguez López, recurriendo para ello a dos de sus insignias; la geometría y el trampantojo. La cuestión es cubrir la totalidad del espacio a partir de su inseparable compañero de fatigas, el color, convirtiendo un frío túnel de hormigón en una explosión cromática donde todo parece pura casualidad, pero que en realidad cada centímetro está matemáticamente estudiado.

Dependiendo de tu situación como ojo receptor y la perspectiva, los triángulos y circunferencias se desmiembran y retornan a su forma original, aprovechando el ritmo zigzagueante de la obra pública.

Este juego visual es una de sus constantes. Con esto, Iker Muro no deja títere con cabeza, es decir, que no solo es un muralista al uso, pues abraza y aglutina todo objeto y/o mecanismo que circunde a la pared embellecida, bien sean farolas o verjas, para que con la distancia, la vista convierta las tres dimensiones en un solo plano sin la necesidad de ingerir sustancias psicotrópicas.

 

Foto 1. Iker Muro, obra mural localizada entre la calle Góngora y el estadio Heliodoro Rodríguez López, 2018. Santa Cruz de Tenerife. Foto David Febo

Iker Muro, obra mural localizada entre la calle Góngora y el estadio Heliodoro Rodríguez López, 2018. Santa Cruz de Tenerife. Foto David Febo

 

La psicodelia hace acto de presencia en muchas de sus intervenciones, compendiando figuración humana y geométrica, con rostros y manos que emergen de la nada para de ellos brotar una bola metálica que parece hacer un recorrido a lo largo de la superficie, como si una música imaginaria tipo Vangelis (Agria, 1943) le marcara el compás.

Es más que evidente el influjo que Iker recibe de su lugar de acogida y residencia, las Islas Canarias, haciendo homenaje a la vegetación subtropical, los frutos de la tierra, el océano y al siempre presente astro rey. Nuestro artista comenzó con la ilustración sobre papel, para más adelante transportarla al muro urbano, llegando a conseguir el Premio Laus en 2011. Desde entonces, su rúbrica e identidad no han parado de viajar por el mundo, dejando su impronta en países europeos −Rumanía− y metrópolis del arte como Londres o Miami.

 

Foto 3. Iker Muro, obra mural en las calles de Taipéi, Taiwán. 2017. Fuente Instagram @mur0ne

Iker Muro, obra mural en las calles de Taipéi, Taiwán. 2017. Fuente Instagram @mur0ne

 

Es un lujo que la capital chicharrera se encuentre salpicada de sus trabajos, cada vez más numerosos, cubriendo muros medianeros, paredes limítrofes, puertas de garaje y cualquier espacio en blanco que requiera de este bombardeo de color al más puro estilo Fantasía de Disney, donde lo onírico y la realidad juegan una partida de ajedrez en la que siempre triunfa la experiencia sensorial.

Graffiteros y muralistas hay muchos, pero artífices capaces de que nuestro cerebro engendre una melodía a partir de la observación de sus pinturas solo existen dos, el gran Kandinski (1866-1944) e Iker Muro.

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