Oscar Murillo: El artista colombiano que pasó de limpiar oficinas a vender obras a 400.000 dólares

Cómo es posible que un joven artista, emigrante, nacido en una familia humilde que se trasladó a Londres a finales del siglo pasado buscando un futuro mejor, y que comenzó limpiando oficinas junto a su padre por 8 euros la hora, consiguiera ser becado por la Universidad de Westminster para estudiar en el Royal College of Art, y se convirtiera, casi de la noche a la mañana, en toda una celebridad entre los coleccionistas e influencers del arte, logrando que 24 de sus cuadros, subastados en las principales casas del mundo (Sothebys, Christie’s y Phillips), sumaran un total de 4,8 millones de dólares. Eso es lo que se preguntan sus más encarnizados detractores, los mismos que vaticinan que, en menos de una década, la burbuja de nuestro fulgurante artista se habrá desinflado por completo. Estamos hablando de Óscar Murillo.

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Nacido hace 32 años en La Paila (un pueblito colombiano del Valle del Cauca, Colombia), el que muchos han bautizado como el “nuevo Basquiat”, se vio forzado, con solo 10 años, a realizar un viaje que le cambiaría la vida por completo. Quizás a este hecho se deba esa profunda obsesión por sus raíces que tanto ha plasmado en sus obras a través de la abstracción, en un grito de desarraigo que describe, con profundas líneas, la nostalgia por su país natal.

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Considerado a sí mismo como un londinense del Cauca, Murillo ha comentado en diferentes medios, al hablar sobre su infancia, que a él se lo llevaron: “No tenía capacidad de decidir. Mis padres dejan su tierra por la depresión económica. Ahí se parte mi existencia. Una ruptura psicológica, ya que en ese momento comenzaba la formación de mi identidad; llevaba una vida como la de cualquier niño, pero con esa ruptura sufrí un trauma muy severo”.

Amado y criticado a partes iguales, rechazado por muchos de sus compatriotas por sentirse más inglés que colombiano, y artista fetiche de coleccionistas y estrellas de Hollywood (se dice que Leonardo DiCaprio pagó 400.000 dólares por una de sus obras en una conocida subasta), muchos especialistas del arte, que lo ven más como una figura de mercado que como un verdadero creador, no entienden por qué razón su obra se cotiza tan alto tratándose de un artista tan joven. Se cuestionan si no es un mero producto de la dinámica del mercado del arte que suele crear ídolos, cotizándolos a altísimos precios y entusiasmando al mundo, para luego dejarlos tirados.   

“Este nuevo fenómeno -escribe Halim Badawi, crítico de arte, en Razón Pública- se ha construido a partir de una vieja fórmula exitosa comercialmente y empleada recurrentemente en otros momentos de la historia: la utilización sensiblera y mediática del mito trágico y atormentado del artista moderno, al cual parece ajustarse precariamente Murillo”. Por otro lado, Carlos Urroz, director de Arco, Feria de Arte en Madrid donde Óscar fue uno de los protagonistas en 2015, cree que la explosión Murillo es justa, pero aconseja serenidad: “El crecimiento en el mercado se puede deber a causas imprevisibles. Pero una vez se da, la consolidación dentro de él depende en gran parte del artista”.

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Work at Yarat Contemporary Art Centre. Baku, Azerbaijan.

Pero la cuestión no es abrir un debate sobre la especulación en el arte, si es o no merecida su fama, o si son justas las desorbitantes cifras que sus obras han alcanzado en el mercado en apenas 5 años;  lo que nos interesa es intentar entender qué es lo tiene este hombre de rostro cubierto de pecas, visceral, amable y agradecido, para que su meteórica ascensión no haya dejado indiferente a nadie.

Natalia Vega, historiadora y crítica de arte colombo-estadounidense lo ha explicado muy bien para el periódico El tiempo, describiendo su obra como “pintura viva, o pintura performance, ya que su énfasis está en el proceso y se desarrolla en función del contexto, tanto del estudio como de los lugares donde se muestra, y su interacción con el público. Es primordial en su práctica en el estudio darse total libertad en el proceso para interactuar con los materiales y permitirse una honesta experimentación. La obra allí se define por la actividad personal, primordial e instintiva y por una lucha más física que intelectual en la que se involucra el artista. Su actividad no es de pensar sino gestual, de interactuar con los materiales y dejar el rastro de sus gestos y movimientos, sus marcas físicas, su impresión propia; la impronta de su propia actividad”.

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Work at The Mistake Room. Los Ángeles, EE.UU.

Pero quizás se entendería mejor en las propias palabras de Murillo, que habla así de su trabajo para El País Semanal: “Mi arte es físico. Viene de Colombia en gran parte, pero también de los mercados callejeros de Londres. De vendedores ambulantes, afros que se identifican con una belleza sintética. Intento trasladar las narraciones de mi cultura latinoamericana con un atractivo físico exuberante. En mí palpita esa resonancia, es muy importante. Pero a pesar de ser colombiano, busco un impacto global, que trascienda, quiero que quien pueda ser extraño a mi mundo cuente con la capacidad de encontrarse en mi avenida”.

Y así es como lo explica él mismo, con la naturalidad de un adolescente que tuvo que adaptarse a una nueva vida, con apenas 10 años, en una ciudad gris donde ya no había ríos que cruzar, ni árboles de mango para trepar, y donde el diseño y el arte fueron su tabla de salvación en un mundo donde los recuerdos de su niñez, del Cauca, sus amigos, el trópico y la libertad, fueron las semillas que luego germinarían en lo que podría denominarse “el fenómeno Murillo.”

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Cuando una periodista le preguntó en una ocasión que cuánto costaba una de sus obras, Óscar, con sus jeans desgastados y ajeno por completo a ese impresionante éxito que para él no es sino un impulso para seguir trabajando, le respondió: “Eh, en realidad no lo tengo presente… mi trabajo está enfocado a lo social y hago pinturas”.

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