La censura de nuestros días es el miedo a la evolución y la libertad

Somos la lucha ante el silencio, hijo. En esta vida de falsa libertad, los hombres somos la solución, las letras nuestra arma, y es por eso por lo que debemos rebelarnos y tener nuestra propia biblioteca prohibida”.

Pasé mis manos por los lomos de los libros y me sorprendió ver que no eran libros viejos y rotos por el tiempo, sino obras que podríamos considerar “nuevas”. Mi madre miraba con curiosidad la reacción de mis manos, sonriendo, a sabiendas de que acababa de abrir una nueva puerta. Retiré el primero de muchos y leí la portada: “Persépolis”. Sonreí, divertido. “Esto no está prohibido. Hay hasta una película”, dije. Ella me sonrió como si yo no fuera más que un niño inocente. “Hay personas que no tienen la suerte de tener este libro en la mano”, me contestó. Yo la miré bajo una marea de dudas e incomprensión. ¿Cómo podía un cómic estar prohibido? Lo volví a dejar con cuidado en el estante y retiré otro. “¡Anda ya!”, exclamé. “No me tomes el pelo. ¿Harry Potter?”.

Creemos vivir en una sociedad donde la libre expresión está por encima de casi cualquier cosa; sin embargo, nada más lejos de la realidad. La censura ha estado presente desde que el hombre es hombre, desde que usamos la cabeza para pensar, para crear, para gritar y quejarse de aquello que nos parece injusto. La censura no es sino el arma de los débiles ante el poder del pensamiento y la evolución. Nos tienen miedo. ¿Delirios de un loco? No creo.

“Los versos satánicos”, de Salman Rushdie, fue el causante de que, en la India, el ayatolá Jomeini instara a la población a ejecutar a cualquier persona relacionada con la publicación del libro. La saga de Harry Potter, con la que crecimos la mayoría de nosotros, sigue siendo una obra perseguida en tierra norteamericana por ser una obra que evoca a la magia negra, al satanismo y la desobediencia.

Todos pensamos que la censura se da en países tercermundistas, cuyas religiones son conservadoras y estrictas; una sociedad controlada por los gobiernos dictatoriales, a la sombra o no, cuyas libertades empiezan y acaban en la mano de algún hombre con aires de grandeza. Estamos completamente equivocados. En España podemos encontrar una lista de libros censurados y/o perseguidos, todos en relación con la monarquía, el gobierno de derechas y confesiones sobre una época que intentan enterrar en el olvido. Uno de los mejores ejemplos es la obra titulada “Fariña”, de Nacho Carretero, o “Un rey golpe a golpe”, de Patricia Sverlo, siendo la biografía mejor documentada que tenemos de nuestro anterior rey Juan Carlos, publicada bajo pseudónimo para evitar represalias y publicada tan solo en el entorno abertzale o en Francia. Otro de tantos, como “Yo fui espía de Franco”, de Luis González Mata, o “Cervantes en Sanabria. Ruta de Don Quijote de La Mancha”, de Leandro Rodríguez, rechazada fuertemente por los elitistas universitarios y culturales, donde se destierra cualquier aportación no oficial a pesar de que la obra sea una fuente rica en las relecturas e investigaciones contemporáneas e independientes.

Los libros no solo cuentan historias en sus páginas, sino que en sí mismo aporta una historia que, a menudo, pasa desapercibida para el lector. Un libro está vivo, puede mover masas, impregnar en tu cabeza una idea revolucionaria, una nueva aportación para nuestra perspectiva de las cosas. ¿Debemos permitir que la censura siga presente? Creo que la respuesta es clara, cristalina como el agua, fuerte como la roca. “Todos debemos rebelarnos y tener nuestra propio biblioteca prohibida”.

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