William Blake y el abrazo de la locura

Sir William Blake nació el 28 de noviembre de 1757 en Londres, donde vivió la mayor parte de su vida. El segundo hijo de una familia de calceteros protestantes, su ciudad natal -como es natural- contribuyó enormemente a la elaboración de su obra. Blake entendía la ciudad como un organismo vivo por el que sentía verdadera devoción, refiriéndose a ella como: a human awful wonder of god[1]. Con esta humanización de la ciudad, Blake anticipa una de sus máximas a la hora de embarcarse en el proceso creativo: la poetización de la realidad. Esta poetización, nacida de la contemplación y el análisis del entorno, a su vez, es la base de la mitología.

El anciano de los días, 1947, grabado. William Blake.

El anciano de los días, 1794, grabado. William Blake.

Blake nunca fue a la escuela, en cambio, pasó gran parte de su infancia contemplando los grabados de grandes maestros, siendo los de Alberto Durero los que más le impactaron. Además, desde muy joven, Blake sintió fascinación por la biblia, inspiración que “ilustró[2]” -lo que quizás este sea el rasgo más característico del artista- muchas de sus alucinaciones. Sí, William Blake padeció de múltiples alucinaciones durante toda su vida, alucinaciones que plasmó en sus obras y que lo convirtieron en una especie de médium dentro de los círculos londinenses. El padecer de visiones, pese a no ser -evidentemente- un rasgo común entre la mayoría de los ciudadanos, tampoco es exclusivo de William Blake. Otras mentes, como es el caso de Nikola Tesla (1856-1943) también sufrieron y se sirvieron de estos episodios, en la medida de lo posible, para llevar a cabo sus proyectos.

Como he indicado anteriormente, Blake sentía fascinación por los grabados, por lo que, finalmente, entró a trabajar esta técnica en la misma imprenta que tanto había frecuentado de niño. No obstante, el rápido desarrollo técnico ahogaba económicamente a los modelos más tradicionales. Este hecho, que se evidencia en la caída en desgracia del taller que tanto había venerado durante su infancia, nos da razones para pensar que el rápido desarrollo tecnológico de su tiempo influyó notablemente en su pensamiento y obra. Su propia obra está inspirada en los libros miniados medievales, mostrando un claro aprecio por las técnicas medievales, muy anteriores a su nacimiento.

Ilustración 1. Fragmento del libro de horas de Isabel la Católica (1450-1499) Imagen extraída de la web andadas.com

Fragmento del libro de horas de Isabel la Católica (1450-1499). Imagen extraída de andadas.com

Uno de los rasgos fundamentales de William Blake, es su crítica hacia la confianza ilustrada en la razón. Blake estipulaba que el espíritu era la verdadera esencia humana y que el cuerpo físico era, únicamente, un reflejo impotente de la verdadera realidad humana: la imaginación. En definitiva, mientras la tendencia ilustrada se preocupaba de la ordenación y la explicación de los fenómenos naturales y sociales (el siglo XVIII presenció la creación de las primeras enciclopedias) Blake dirigía sus esfuerzos hacia la introspección, hacia las zonas más profundas e inhóspitas de la mente humana desde una perspectiva individual.

Esta corriente de pensamiento la plasma en sus diferentes obras. Blake, no era un dibujante al uso ni tampoco un poeta, era la perfecta conjunción de ambas figuras que tenía el precioso don de construir y- quizás la tarea más complicada- dar vida a sus originales mundos imaginarios. 

Ilustración 2. Fragmento de Night thoughts de William Blake (1742-1755) Imagen extraída de pinterest.

Fragmento de Night thoughts de William Blake (1742-1755). Imagen extraída de pinterest.

Esta puesta en valor de la artesanía, emulando las formas de proceder y el mimo de los monjes medievales, aparece de forma periódica a lo largo de la historia del arte. Por ejemplo, los expresionistas alemanes de principios del siglo XX utilizaban de forma deliberada las técnicas de la artesanía medieval (por ejemplo, obras en xilografía) como puesta en valor del método, del proceso, la dignificación humana mediante el trabajo manual.

Volviendo a Blake, el inglés también acoge el significado de la palabra divina de los textos religiosos, pues sus poemas tienen la misma importancia que sus dibujos. Además, según la opinión de varios autores, Blake no destacó por su estilo pictórico, pero la calidad de su escritura lo sitúa en un lugar equidistante a los grandes maestros de la lengua inglesa como Mary Shelley o William Shakeaspeare.

Esto nos lleva a retomar la primera tesis que presenté anteriormente: la poetización de la realidad como método creativo. Realmente, el método utilizado por el poeta no es nuevo, la poetización de la realidad ha sido una constante a lo largo de la historia, una herramienta necesaria para construir mitos desde el principio de los tiempos. Además, las creaciones de Blake no son estrictamente originales, pues construye un “collage mítico” recopilando mitos cristianos, griegos, orientales, leyendas artúricas y celtas. No obstante, lo verdaderamente revolucionario de este autor, fue la pasión y la sensibilidad de su obra en el contexto de un Londres decimonónico, orgullosamente racional y primera potencia mundial.

Otra de las principales aportaciones de Blake, sino la más importante, fue la construcción de la figura del artista como demiurgo creador de mundos. Se suele decir que Blake creó su propia mitología para no verse esclavizado por la mitología creada por otro hombre. Siguiendo su razonamiento, que subyugaba el mundo físico a la imaginación, Blake dio un paso de gigante en la emancipación del artista, entendido en el sentido actual del término, en materia de libertad creadora.

En definitiva, la aportación de William Blake a la historia del arte fue clave, imprescindible para entender el movimiento romántico, creando una especie de “nueva Arcadia” en la que convivía con los dioses que él mismo había creado. Finalmente, Blake fue el mentor de un modesto grupo de artistas que lo veían como un profeta, permitiendo que su pensamiento y obra tuvieran una mayor difusión. Una breve descripción de Samuel Palmer, uno de sus discípulos, ilustra la personalidad y el carisma de Blake:

“He was energy itself, and shed around him a kindling influence; an atmposphere of life, full of the ideal. He was a man without a mask, his aim single, his path straight forwards, and his wants few: so he was free, noble and happy[3].” 

Además, toda su obra y su teoría artística, evidencian una increíble consideración de las artes. Básicamente, Blake estipulaba que la pintura, la música y la poesía eran las únicas formas en las que el hombre se podría acercar Dios, situando así la idea de divinidad dentro del hombre, siendo la imaginación -a mi entender- ese aliento de vida “divino”. La obra y la vida de Blake fue un alegato humanístico impresionante, además de una aportación inmesurable al patrimonio británico, tanto en el ámbito material como en el inmaterial.


 

[1]. RAINE, Kathleen, William Blake, The british council and the national book league, London, 1965, p.6.

[2] Utilizo el verbo ilustrar porque no considero que la lectura y la absorción de estos mitos fuera el detonante de sus visiones (presumiblemente provocadas por un trastorno mental); pero, considero, sí que contribuyó a dar forma a sus alucinaciones.

[3]RAINE, Kathleen, William Blake, The british council and the national book league, London, 1965, p.23.

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2 Responses

  1. Gracias por el libro,buen fin de semanaandy kaufman tony

  1. 03/11/2018

    […] William Blake y el abrazo de la locura: “Blake nunca fue a la escuela, en cambio, pasó gran parte de su infancia contemplando los grabados de grandes maestros, siendo los de Alberto Durero los que más le impactaron. Además, desde muy joven, Blake sintió fascinación por la biblia, inspiración que “ilustró” -lo que quizás este sea el rasgo más característico del artista- muchas de sus alucinaciones. Sí, William Blake padeció de múltiples alucinaciones durante toda su vida, alucinaciones que plasmó en sus obras y que lo convirtieron en una especie de médium dentro de los círculos londinenses.” […]

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